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en cada avance de los hechos, en cada tramo de ésta historia que avanza. No definas con palabras a una guerrillera fariana, así las palabras sean lo único que nos quede.

Definir a una mujer revolucionaria, siempre será un acto profundamente heroico, porque heroico es intentar nombrar aquello que nos designa; definir a la mujer revolucionaria es como definir la tierra colombiana, fecunda y firme pero que guarda entre sus sombras, entre sus pliegues y en su piel, el ultraje y los escombros de un rito de muerte impuesto por los determinadores, siempre tan oscuramente visibles.


Por eso de la mujer su cabello y el aire, su sonrisa y el sosiego, su voz y la historia, su mirada y el futuro, pero también, su espalda rota, la intranquilidad del paso, su dolor estremecido, su orfandad de tierra, a la que tendrá que volver a bautizar para desplegar su fuerza, otra vez como cuando todo aún era semilla, otra vez, para realizar el mundo, para hacerlo germinar, otra vez.


Entonces, si quieres definir a una mujer revolucionaria, no busques en las palabras, vuelve tu mirada al origen de todo, a la tierra húmeda, a la lava ardiente, al embrión del tiempo, solo así anunciaras su aparición resuelta, mientras predices la llegada de la lluvia, solo así, ella brotará como un relámpago desde la tierra.
Si quieres definir a una mujer revolucionaria, no busques más en las palabras, decídete a sucumbir ante su mirada digna. En las palabras es inútil, corres el riesgo que pase el día, y la noche se oculte, corres el riesgo de que se agoten las horas, y las palabras se precipiten al vacío mientras buscas un adjetivo apropiado, el cual inevitablemente será incompleto, y si de pronto, internándote en los recovecos más profundos del lenguaje, logras advertir el verbo que define a la mujer revolucionaria, o el sustantivo exacto para enunciar su presencia, no olvides que las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio,  y una mujer revolucionaria es un estruendo insurgente.


Por eso no basta compararla con una rosa, ya que solo ella sabe del dolor de los pétalos, tampoco es suficiente definirla por el embrujo de su palabra, porque, aunque es cierto que su voz puede ser como un susurro, también es vocablo de fuego; calcinante para quien no merece sus silabas.


Por eso deberíamos hacernos maestros en presagios, anunciadores de relámpagos, magos de pronósticos y expertos en exhalaciones para definirla. Porque Ella es libre o no es, y es sin cadenas así las cargue, así pretendan colocarle grilletes; la mujer revolucionaria es bautizo y renacimiento, nada más, y todo.
Para definir a la mujer revolucionaria, hay que pronunciar el nombre de muchas, el nombre de todas, el de aquellas que descubrieron la tierra fértil y la siembra, el de las rebeldes herejes quemadas en hogueras inquisitorias, el de la mujer valiente que combatió al conquistador europeo, a la comunera insurrecta, el de las obreras incendiadas en las fábricas del capitalismo oscurantista, a la mujer que aglutina, a la que reúne, a la que convoca, a la que propaga su palabra de guerra o de paz, en estos días marcados por el viento, a ella, la guerrillera colombiana, a la fariana indoblegable, que entre montañas, selvas, sabanas y ciudades, camina astuta, a veces en silencio, mientras su paso anuncia el futuro, así como el fogón guerrillero anuncia el día.


En conclusión, para definir a la mujer revolucionaria, no utilices las palabras, para no limitar estos caminos hasta hoy andados, que la mujer misma se defina, en cada paso, en cada avance de los hechos, en cada tramo de ésta historia que avanza. No definas con palabras a una guerrillera fariana, así las palabras sean lo único que nos quede.



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