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Los gobiernos nacionales y departamentales siempre han visto a la Guajira como la teta que más les da,  siempre la han escurrido obteniendo de ella sus riquezas que quedan en manos de los más pudientes que cada día son más ricos.
Para los treinta millones de colombianos que viven en la pobreza, las fiestas de navidad y año nuevo sólo les recuerda la paupérrima situación en que viven, mientras un puñado de oligarcas disfrutan de las grandes festividades, pagadas con el sudor y sacrificio de los hombres y mujeres que producen las riquezas que se apropian una camarilla de ladrones empotrados en el poder y el gobierno. Para doce millones de colombianos que viven en la absoluta miseria, en la indigencia, la navidad no es muy alegre, aunque desde sus humildes viviendas, desde sus casas de cartón, en sus rostros se refleje una sonrisa, tal vez como una muestra de rebeldía ante la injusticia y la desigualdad que reina en nuestro país.
En el acercamiento de las discusiones sobre el doloroso y esencial punto de víctimas, recrudecen los ataques mediáticos contra nuestra organización, con el fin explícito de blindar el sentimiento negativo de las mayorías en nuestra contra y así asegurar que la verdad que saldrá de los encuentros de víctimas y de la Comisión histórica del conflicto y sus víctimas no pueda impedir que se anide para siempre, en la opinión de la gente, el rechazo que durante tantos años han tratado de construir contra la insurgencia a punta de engaños; pues solo responsabilizando a las guerrillas de todos los males, la clase económicamente dominante podría mantenerse en el poder.
Con todo respeto para los millones de hinchas que invirtieron toda su pasión en la gran fiesta mundial del fútbol, no me puedo quedar callada viendo lo que sucede en nuestro planeta, en el preciso momento en que la gran mayoría de los pueblos ha enfocado su atención en Brasil. No creo sorprender a nadie, y mi intención no es de chocar con los apasionados, recordando a Eduardo Galeano, cuando afirma que el fútbol es el nuevo opio del pueblo, o mejor, la arena donde los gladiadores del siglo 21 apaciguan los anhelos de justicia social de la plebe mundial. 

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