IDEARIO BOLIVARIANO: ARMAS IDEOLÓGICAS Y MORALES PARA EL COMBATE

En agosto del año 2000 fue publicada la obra de Juvenal Herrera Torres, Bolívar el Hombre de América, Presencia y Camino. Este trabajo del catedrático, historiador y poeta antioqueño, aparece en un momento en que para América Latina se acentúan los desastres sociales que la globalización capitalista venía diseminando en la medida en que imponía sus formulas neoliberales, fundadas en el dogma de la rentabilidad para el imperio, por sobre cualquier consideración que pretenda humanizar las leyes de la economía y la convivencia. Pero al tiempo que ese salvajismo mezquino, utilitarista y criminal en sus consecuencias iba conduciendo hacia la bancarrota social a países como Argentina, por ejemplo, mostrando el destino terrible de las naciones latinoamericanas, en el seno de dicha desgracia asomaban banderas de lucha, agitándose con esos vientos de soberanía, dignidad y unidad que soplaban trayendo el mensaje de entre todos hacer algo por todos.

 

 

En medio de los desastres que prodigaba el neoliberalismo para las mayorías empobrecidas del continente, la experiencia de Venezuela donde el ascenso de Hugo Chávez Frías al poder, confrontando a las oligarquías en favor del pueblo, mostraba que entre ese accionar generalizado de rechazo al neoliberalismo, la influencia del pensamiento del Libertador, rebasaba los meros parámetros teóricos del carácter revolucionario de dicho paradigma – tan ocultado por quienes han pretendido que no aflore su estela libertadora – entrando en la escena de la práctica, mediante un gobierno proclamado y ejercido a la luz de los genuinos parámetros bolivarianos. Comenzaba con ello una nueva era para el desenvolvimiento de la lucha ideológica, económica, política, propagandística y de masas en “Nuestra América”. Precisamente cuando Estados Unidos, por el uso de la fuerza y sin dejar alternativa, pretendía imponer de manera definitiva total monopolio de las decisiones sobre el rumbo del planeta amen del inmenso poder que le confiere su industria militar, Nuestra América indignada, los pueblos que habitan en lo que el yanqui cree su “patio trasero”, se sacuden con mayor determinación, generando una ola revolucionaria que ha devuelto la esperanza en la posibilidad real de la definitiva independencia, la fundación de la Patria Grande y el establecimiento del socialismo.

 

En este marco de cosas, inaugurando el siglo XXI, Juvenal Herrera Torres nos entregó el fruto de muchos años de trabajo denodado, echo entre sus archivos y sus bohemias, entre sus biblioteca y su taberna, entre sus amigos obreros, campesinos y de barriada, en una herramienta para desenmascarar el carácter pusilánime y servil de falsos héroes y traidores, de gran parte de la “historiografía”, de las Academias, de “historiadores” e “intelectuales” que arrodillados ante los pies de los explotadores, comen el plato de lentejas que les dan para que escriban las mentiras que justifiquen la permanencia del poder de los opresores. Pero al mismo tiempo muestra con la claridad del medio día, los argumentos en los que se brinda el acerbo del vigente y necesario legado ideo-político del Libertador; se devela con sencillo y didáctico método que nos entusiasma con su fuego y nos nutre con su profundidad, el rastro de Bolívar, su presencia y su llamado a la práctica, tomando el camino revolucionario, como el camino que deben seguir los pueblos para no perecer en la sumisión.

La obra culminada por Juvenal Herrera, historiador, catedrático y poeta del pueblo, fue entregada inicialmente tipiada por sus propias manos en su vieja, muy vieja máquina de escribir, con los manchones de corrector blanco y marcas de tinta de lapicero para que luego fuera hasta la imprenta como herejía frente a la “historiografía” oficial. Y la verdad es que sin exagerar, ese legajo de sus notas terminadas entre la humedad del monte guerrillero, irá a irrumpir como libro de campaña en medio de circunstancias quizás parangonables a las que rodearon a Copérnico y a Galileo. Los Torquemadas de hoy, los inquisidores de la motosierra, los asesinos de las convicciones hicieron “oportunamente” su condena. No obstante, con la valentía de su autor, y con los esfuerzos financieros de las barriadas populares, en febrero de 2001 fue presentada la 2a edición (duplicando el tiraje); en junio del mismo año se publicó su 3a edición auspiciada por la Universidad Autónoma de Guerreros en México, y luego de agotarse las tres mencionadas, surgió una accidentada 4a edición, con un tiraje de 5.000 obras, que desafortunadamente cayó, en su mayor parte bajo el fuego de los Carafa del Santo Oficio contemporáneo.

En todo caso, cada intento desde su primer nacimiento, ha fluido, con las vicisitudes que ello implica, por entre el cauce que forman las conciencias de aquellos a los que menos, casi nunca o jamás, llega la savia de obras de tan grande dimensión; es decir, los pobres de Nuestra América, planteando la necesidad de un estremecimiento de la historiografía oficial, desde sus cimientos, para sentar en la mentalidad de los pueblos la verdad histórica que coadyuve a dar el verdadero rumbo que requiere la marcha de la sociedad.

El libro de Juvenal herrera tomó entonces la marcha entre la gente humilde y comprometida con la lucha revolucionaria, por rutas, por caminos, en los que anduvo vestido de poncho, se calzó de abarca o alpargata, andando tramos a pie desnudo, con el obrero, con el desplazado, quizás viajando en la mochila de un indio cogui, arhuaco, wayuu..., hermanándose con el poporo, envuelto en un costal sobre el costillar de una mula, entre las partituras del músico, los pinceles del artista, las metáforas del poeta…, como pudo con certeza, estar dándole ideas y ánimo a un estudiante ya en el aula de clases o en la pedrea de protesta, o quién sabe por qué otros rumbos particulares, pero siempre en busca de la libertad y como un esfuerzo de muchos valerosos patriotas que coadyuvaron a su difusión. Desde antes, pero sobre todo con esta obra, Juvenal Herrera había propuesto e iniciado las lecturas bolivarianas de nuestra historia y de nuestra realidad, en busca de la proyección decorosa de nuestro futuro. Era como plantearse la necesidad de escudriñar en la verdad histórica tan necesaria y tan distorsionada por la “historiografía” burguesa. Y de hecho, en sus escritos sobre el debate de la historia así lo había dejado tajantemente planteado.

En el lapso que transcurrió entre la edición mexicana y la quinta edición vimos nacer otras obras que llevaban la impronta de Juvenal Herrera. Era notorio su afán, al lado de muchos otros intelectuales de pensamiento emancipador, por propalar el pensamiento bolivariano y la fe en la Patria Grande. Surgió, por ejemplo, la revista La Gran Colombia, con la que se intentó seguir en esta tarea de difundir el ideario de Bolívar, pero con la especial particularidad de abrir de alguna manera las alas de un cóndor que pudiera volar sobre el lomo americano y sobre más allá de las fronteras, diseminando solidaridad, fraternidad, integración, unidad que coadyuve en concretar el proyecto que daba el nombre a la mencionada publicación, y que era la idea sublime del Hombre de América, en la perspectiva de materializar finalmente la república hemisférica y el conjunto ecuménico de la unión. Y aunque este emprendimiento, huérfano de recursos, no pudo llegar al tiraje de su tercer número, dejó sentada la idea que sigue latente por hacer posible la cobertura suficiente para continuar el debate ideológico tan necesario para construir y fortalecer la conciencia portentosa que requiere el impulso del ideario bolivariano.

Viva está la certeza de que más temprano que tarde estos propósitos encontrarán el sustento material que permita concretar los sueños. Cada apoyo recibido ha de multiplicarse con el esfuerzo económico, moral y espiritual de todos los que habitan el territorio y el proyecto de lo que fue y será la Gran Colombia, de lo que fue y será la Patria Grande como parte esencial, de lo que debe ser el otro mundo posible en paz y justicia social…, hoy más urgente que nunca desde los días en que el santanderismo usurpó el poder al pueblo pretendiendo su entierro por los siglos de los siglos.

Junto con la revista fue publicada la pequeña obra Bolívar: La Libertad del Ser y del pensar, que recoge polémicas ideas –polémicas por vivas- que, como dijera el intelectual Manuel Antonio Muñoz, nos hace sentir que “la historia y la vida de Bolívar son tan necesarias a la salud del alma como el alimento diario a la salud del cuerpo”. Naturalmente, estas elaboraciones son arena de las bases, columnas y vigas de una conciencia que vamos forjando para ir haciendo la lectura justa de nuestra realidad en todos los tiempos, para – poco a poco- ayudar a integrar los músculos y el alma de la Patria Grande. Siendo obvio que en el impulso a tal objetivo debe ir la lucha y, en ella ‹‹la invención para no errar›› de la que hablaba el maestro Simón Rodríguez, haciendo por todos propia la idea de que “nada importa tanto como tener pueblo: formarlo debe ser la ocupación de los que se apersonen de la causa social”.

Así, la tarea de impulsar la unidad y la integración se va activando no sólo con el registro del pensamiento, sino también de las acciones que ayuden a ello, en cada espacio de la geografía y de la conciencia de la América Nuestra. Y esto que implica tenacidad, constancia y riesgo sigue, además, invitando a la elaboración de la Enciclopedia Bolivariana, de la que Herrera Torres habló en las palabras introductorias a la primera edición de Bolívar el Hombre de América, llamando no sólo a volver al Libertador sino, también, a mantenernos, aglutinarnos en él, hacernos uno mismo con él, avanzar con él, acreciendo nuestro ser e identidad en él, hasta tener la convicción de que Bolívar somos todos, y siendo él – como en el texto del excelente prosista Juan Montalvo – “irnos como espada a las entrañas de la tiranía”

En todo ello ha hecho un aporte fundamental ese colectivo decoroso y tan estigmatizado por la derecha, pero que digna y valerosamente lleva el nombre de Coordinadora Continental Bolivariana, en cuya fundación, como un auténtico militante del socialismo y la Patria Grande, tuvo papel protagónico el poeta Herrera Torres. Ese conjunto de comprometidos luchadores ha avivado la solidaridad de los pueblos hijos del Libertador, contribuyendo a fundir los razonamientos políticos, en un todo “cósmico”, (en el sentido de Vazconcelos) que por sobre cualquier frontera contribuya en la tarea de hacer germinar la Confederación Americana con la que soñara Bolívar, ungida por la norma de la justicia en las relaciones internas e internacionales. El sueño de unificar la América Meridional, establecer la Confederación Sudamericana regida sobre la base de una Liga Política y Militar, conducida por la Asamblea de Plenipotenciarios, anhelo anfictiónico tenido como fundamental en tiempos de la primera independencia, en los proyectos de la Coordinadora Continental Bolivariana sigue siendo necesidad en la lucha por la definitiva independencia, en tanto sigue siendo tal proyecto inconcluso, fuego inextinguible que ilumina el camino de la unidad a seguir.

Hoy que la contradicción contra el imperialismo – sobre el que tanto advirtió Bolívar- , y la oposición a las agresiones de su globalización neoliberal, se han profundizado en América Latina, obligando a los verdaderos patriotas a rebelarse contra las imposiciones avasallantes del “amo del norte”, la indignación de los oprimidos busca fortaleza en la unidad, y encuentra en Simón Bolívar su esperanza de salvación. En esta perspectiva la obra de Juvenal Herrera Torres ayuda a conocer al Libertador, ratifica su presencia indicándolo como camino de la acción, una acción que contiene las características de la unidad y la integración de los pueblos de ese escenario maravilloso que Martí llamó “Nuestra América”: la chispa lista para encender la pradera.

Desde la Carta de Jamaica del 6 de septiembre de 1815 se exteriorizaba ya el anhelo de la Confederación“altos intereses de la paz y de la guerra”. De allí en adelante Bolívar en sus charlas cotidianas, cartas, proclamas y declaraciones con motivo de diversos hechos y circunstancias habló de, “estrechar relaciones”, del “pacto americano”, de la “América unida”, de la “unidad de la América meridional”, entre muchas otras expresiones que se conocieron, por ejemplo, en cartas dirigidas en 1818 a Juan Martín de Pueyrredón, a San Martín y Bernardo O’Higgins, que al mismo tiempo eran atarrayas de sueños, lanzadas en busca de la integración de Buenos Aires y Chile, en momentos en que las intensas ocupaciones de la guerra pudieran no dejar espacio para tales propósitos tan complejos. atendiendo a los vínculos de origen, lengua, costumbre, religión, etc. Se planteaba hacer de Panamá el Corinto de las naciones unificadas, para que allí se reunieran sus representantes a tratar de discutir sus

Una vez establecida Colombia por el Congreso de Cúcuta, y ya pendiente la Campaña del Sur, orientado por el Libertador, Pedro Gual como Secretario de Estado en el Despacho de Relaciones Exteriores, instruía a los plenipotenciarios, Miguel Santamaría y Joaquín Mosquera, nombrados para México, Perú, Buenos Aires y Chile, que ejercieran las diligencias conducentes a conformar una “liga verdaderamente americana”, una “confederación”, una “alianza”, pero no “ordinaria para la ofensa y defensa [...]” sino como una “sociedad de naciones hermanas [...], unidas, fuertes y poderosas para sostenerse contra las agresiones del poder extranjero”. Dicha autorización dispone establecer inmediatamente “los cimientos de un cuerpo anfictiónico o asamblea de plenipotenciarios con los gobiernos del Perú, Chile y Buenos Aires” previendo la meritoria posibilidad de acordar incorporarse “en un solo Estado, dos o más capitanías generales o virreinatos”.

Bien se sabe que Joaquín Mosquera llegó a acordar con el Perú un tratado en el que se “obligaba a interponer sus buenos oficios con los gobiernos de los demás Estados de la América antes española, para entrar en este pacto de unión, liga y confederación perpetua”. Con los mismos términos se acordó un tratado con Chile y otro similar con México a través de Santamaría.

Para el caso de Buenos Aires, Rivadavia rechazó la idea de la anfictionía que dirimiera el curso de las relaciones, y conciliara diferencias y disputas. El acuerdo fue reducido a aspectos de “amistad y alianza defensiva en sostén de la independencia, de la nación española y cualquier otra dominación extranjera”.

Dentro de este ambiente Mosquera y Santamaría - siguiendo las instrucciones de Bolívar – promovieron el Congreso de Panamá o Asamblea de Plenipotenciarios de los Estados Americanos. El Libertador, de manera práctica, trataba de darle más y más dimensión y calidad a su proyecto de la Gran Colombia, buscando la consagración de la unidad en función de la justicia, logrando, incluso, en las constituciones de Angostura y de Cúcuta, plasmar la integración de la Capitanía General de Venezuela y el Virreinato de la Nueva Granada que comprendía también la Presidencia de Quito.


Sin lugar a dudas Bolívar era la base de la unión que daba libertad a todos. Así que si hoy decimos que todos somos Bolívar, entonces somos todos quienes nos necesitamos como base para la libertad de todos; más, cuando sentimos que contra los pobres del mundo la fuerza imperial del despojo nos profundiza su acoso valiéndose de los perores métodos de engaño, alienación…, guerra y muerte.

 

Pero la base de la unión no se cimienta sólo con palabras. En su batallar contra España, generalmente en medio de la anarquía de la nueva patria naciente, Bolívar tomó Angostura en 1817; triunfa en Boyacá en 1819 el 7 de agosto, para el 9 entrar a Bogotá; vence en Carabobo en 1821 y entra victorioso a Caracas. En Bomboná y Pichincha en 1822 tampoco resulta derrotado, para luego liberar al Ecuador ganándose el titulo de “Héroe de América”. El Congreso de Lima le concede “la suprema autoridad militar en todo el territorio de la República” y luego en las batallas de Junín y Ayacucho (1824) escala un peldaño clave para la independencia que sella la libertad de América. Bolívar exalta el heroísmo de Sucre, llamándole “Padre de Ayacucho, redentor de los hijos del sol”.

Pero esa grandeza de guerrero y estratega tiene una esencia principalmente política, manifiesta oportunamente en cada idea surgida de su mente conductora de pueblos. Si centenares son sus epopeyas militares, mayores son sus epopeyas y definiciones políticas, ejemplificadas en la Carta de Jamaica, en el proyecto constitucional de Angostura, en el Estatuto de Bolivia, y los lineamientos del Congreso de Panamá..., como creaciones que apuntan sobre todo a congregar a la América Meridional, a buscar el equilibrio continental, a unificar en torno a la justicia y la libertad. Ese fue el propósito máximo que desembocó como frustración en la desdichada Asamblea de Panamá.

Al llegar a Lima en diciembre de 1824, aún no descansado de las jornadas intensas que lo habían puesto con sus tropas al pie del Apurímac, de su propio puño elaboró la circular que urgía la reunión de los plenipotenciarios para organizar las bases de la Confederación. Insistía en proponer el istmo de Panamá para el propósito de dar marcha al proyecto que en palabras de Freyre (sucesor de O´Higgins) “prometía asegurar para siempre la libertad de América”. El fracaso del Congreso no pudo menos que entristecer profundamente al Libertador, como también le hirió el alma el no haber podido adelantar su deseo de contribuir con la liberación de Cuba. Desde 1824 se había pactado con el representante de México en Bogotá, una acción combinada sobre Cuba y Puerto Rico, obstaculizada por los gobiernos de Washington y Londres que ya anidaban sus intenciones neo-coloniales sobre estos territorios.


Especialmente Estados Unidos mostró las garras – contra las que suficientemente advirtió el Libertador-, que más tarde iniciando el siglo XX le arrebataron Panamá a Colombia.

 

El proyecto está vigente, está presente como necesidad incluso de sobrevivencia y es el camino hacia la segunda y definitiva independencia, que sólo podrá fraguarse y perdurar en la medida en que se construya el Estado Multinacional, o mejor la gran nación múltiple, de repúblicas, como estrategia contra el expansionismo imperial hoy desbocado en agravios mayores como el Plan Colombia o la instauración del ALCA, los TLC o cualquier otra denominación y práctica de colonialismo y vasallaje.

La obra de Juvenal Herrera ha ido y seguirá contribuyendo enormemente en el empeño de la emancipación, en tanto va empujando el avance de los humildes hacia la búsqueda de los cambios revolucionarios radicales en la medida en que con su enseñanza del ideario bolivariano da armas ideológicas y morales precisas para el combate.

Así, no podemos más que regocijarnos al saber que ya viene perfilándose la aparición, en corto tiempo, de una nueva edición que seguramente potenciará los efectos benéficos que ya han tenido las ediciones anteriores, educando, organizando, motivando a todos quienes estamos convencidos que “ la mejor manera de alcanzar la libertad es luchar por ella”.

La nueva edición de la obra Simón Bolívar el Hombre de América, Presencia y Camino, con su trascendencia y mérito, en momentos de decidida y determinante lucha antifascista y antiimperialista, no puede ser sino patrimonio del pueblo, más cuando la gente se ha identificado tanto con ella y la ha hecho suya como pensamiento y guía de acción. Pocas veces ocurre algo así con un libro. A éste el pueblo le ha dado mayor vigencia, mayor presencia en el caminar cotidiano que va haciendo parte de un presente glorioso en el que para alegría de los humildes y desamparados de la tierra, la palabra de Neruda es una realidad incuestionable:

“Bolívar capitán, se divisa su rostro. Otra vez entre pólvora y humo tu espada esta naciendo, ”

Naciendo sí, ya en los hambrientos del Brasil que cifran sus esperanzas en las nuevas luchas sociales, ya en los indígenas y campesinos del asenso popular boliviano y ecuatoriano de la reciente época de Evo Morales y Rafael Correa. En la Venezuela de Chávez, en la Cuba de Fidel y Raúl, en la Colombia del legendario Manuel Marulanda Vélez y sus huestes bolivarianas, los guerrilleros del siglo XXI… y, en fin, en cada latitud del continente que se extiende desde el río Bravo hasta la Patagonia, donde los pueblos levantan sus puños y sus voces de libertad, desde la resistencia y el combate de los pueblos oprimidos hasta la esperanza inmarchitable en la justicia social.

Con este anuncio, no podemos menos que hacer especial homenaje al maestro Herrera Torres, al pueblo que persiste en la lucha bolivariana con la certeza del triunfo, a los círculos, núcleos, grupos... o como quieran que se llamen las estructuras bolivarianas que han ido surgiendo entre la “pólvora y humo” de la “espada que está naciendo”; diciendo, a pesar de la perfidia de los oligarcas y el imperio, a pesar del triunfalismo eventual de los arcángeles fascistas de la muerte, a pesar de los dolores…, ‹‹que son los pueblos los que seguirán escribiendo sus anales›› y que el veredicto en el juicio a Bolívar no puede ser otro que el de exclamar: ¡Nuestra patria es América!, venceremos, venceremos, seguro que venceremos.

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