A 60 años de la masacre nuclear yanqui sobre Hiroshima y Nagasaki, la mortífera presencia de las tropas invasoras estadounidenses en Irak, encabezando las hordas globalizadoras de la perversidad capitalista en el planeta, nos recuerda que la pesadilla imperialista sólo tendrá fin cuando unidos los pueblos, armados de arrojo y combatividad, reintenten el socialismo para toda la humanidad. Si ayer pudiera haber sido tan solo una opción, hoy enfrentar el imperia-lismo es un deber, es una necesidad, tan urgente y vital para la humanidad como la lucha por continuar la construcción del socialismo.
Para tan magno propósito, la herencia de lucha de los revolucionarios es ingente y propicia. Recordar, precisamente el crimen de Truman de agosto del 45, crimen del imperialismo, de esa gigante bestia de ostentosa maldad ilimitada, nos conduce a pensar por la coincidencia en la época y los victimarios, en la heroica resistencia del pueblo vietnamita frente al colonialismo francés y frente al im-perialismo yanqui. 60 años ha cumplido la insurrección obrero-campesina de agosto y la declaración de septiembre que en Hanoi anunció con la voz misma de Ho Chi Minh, "El que Ilumina", nuestro querido y recordado tío Ho, la creación de la República Demo-crática de Vietnam.
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El pequeño dragón nos demostró y nos sigue mostrando con su inagotable luz, que es posible derrotar la máquina militar impe-rialista; las enseñanzas de ese heroico pueblo son insumos imprescindibles par la resistencia y para la victoria. Su ordenación teórica es herramienta para la acción transformadora.
De una práctica original con una edad en lunas que acumula el millar y más, este pueblo constituyó su carácter nacional resistiendo a difíciles como múltiples agresiones y lapsos de dominación feudal mediante épicas sublevaciones. Generación tras generación, desde los tiempos del Viet fue acumulando la experiencia que lo condujo al convencimiento de que es posible combatir lo grande con lo pequeño,"neutralizar lo extenso con lo breve", "dar cuenta de lo fuerte con lo débil"… sobretodo si el asunto es el de defender la tierra natal contra un enemigo feroz.
Como aprendió y enseñó Ho Chi Min, como practicó y teorizó su discípulo Vô Nguyên Giap asimilando la milenaria experiencia de lucha de su nación, la esencia de la resistencia y la victoria está en la organización que los pueblos hagan de sus propias fuerzas y potencialidades confiando en el prodigioso poder que puede alcanzar la unidad en torno a la común causa de la resistencia.
Estos conceptos se han vuelto principio en la fragua de los combates como los librados por el héroe nacional Tran Quo Tuan y en el conjunto de la historia toda del Vietnam aguerrido que se simboliza en la leyenda de Thanh Giong creciendo portentoso, armado de troncos de bambú, ante el llamado para aniquilar al opresor.
Cuántas armas para la resistencia, cuántas armas para la batalla ideológica y para el combate en la trinchera y en la barricada; cuantas armas para la victoria antiimperialista nos entrega el pueblo de Vietnam: "cada ciudadano un soldado", "todo el país conjugando sus fuerzas", "la unidad de todo el pueblo"…, ¡construir "el ejér-cito de la justa causa"!: Thanh Giong labrador, Thanh Giong pastor, pescador, ¿desempleado y buhonero? ...; Tanh Giong puebo; el pueblo de Tran Quoc Tuan, el pueblo de Vô Nguyên Giap, el pueblo del tio Ho, el pueblo hecho soviets de Nghe Tinh…, el pueblo obrero, el pueblo campesino, el pueblo guerreando entre el suelo y el cielo de Den Bien Puh aniqui-lando el colonialismo…; o, perseverante, como en la utopía posible de los combatientes de la Ofensiva del Têt.
Pueblo "enarbolando el estandarte de la justa causa…, sublevado como una colmena en efervescencia"…, pueblo en guerra; guerra de todo el pueblo como único antídoto de vida contra el apocalipsis imperialista que amenaza con extinguir la humanidad.
Qué enseñanzas, qué herencia la del tío Ho…, y que similitud con la bolivariana idea que define al pueblo como el artífice de la historia, asignando total confianza en su poder moral, en la capacidad transformador de sus hijos en armas dando "el nombre de insurrección a toda conjuración que tenga por objeto mejorar al hombre, la patria y el universo".
Suena una tambora, una gaita y el dan tranh…; en el cielo de los pobres una espada, una estrella y un dragón…; una barca de sueños en el Orinoco, una barca de sueños en el Mekong…; siseo de maizales, sonrisa de arrozales; un loto de amor para los de abajo, un huerto de mieses para el hambre de los pobres…; esperanzas que renacen de las manos de Bolívar y del tío Ho…; una siembra que se siembra con las rebeldes manos de la insurrección, con la necesaria utopía comunista del multiplicado pueblo en revolución.