La idea de unidad que se comprende en las palabras GRAN COLOMBIA, y mucho más, es el sentido que entraña el concepto Colombia, que en verdad es una categoría política de ingente dimensión histórica con proyección absolutamente vigente como alternativa antiimperialista que nos da los lineamientos que deben guiar la construcción del otro mundo posible que la humanidad anhela para edificar la justicia social. Tal concepto de raíces mirandinas es aspecto cardinal en el ideario bolivariano, que va forjándose al calor de las dificultades, de los reveces, naufragios… y victorias.
"Una sóla debe ser la patria de todos los americanos,
ya que en todo hemos tenido una perfecta unidad."
Bolívar
Colombia no es vocablo que puede quedar reducido a significar lo que jamás quisieron sus genitores; es decir, sólo la representación de una parte, importante sí, pero en definitiva una ínfima parte del total que en su expresión de origen se deseaba. Colombia es una categoría política que entraña nociones como las de justicia, igualdad, libertad, democracia, genuino republicanismo, autodeterminación, decoro, integración…, detestando en incesante acción creadora la permanencia del colonialismo, la monarquía, el absolutismo, la tiranía, la esclavitud, la servidumbre…, la sumisión. Colombia es ansia de independencia y decoro, Colombia es el paso a paso dialéctico que va juntando las partes del contexto latinoamericano y caribeño en una dimensión hemisférica que necesariamente se utopiza como república ecuménica que ha de dar equilibrio al concierto de los pueblos del mundo.
Este sentido es claro en el pensamiento del Libertador, y si la acepción de origen va tomando algún cambio, este es el de la consolidación práctica de la unidad. Tratándose, entonces, de un proyecto concordado con el ímpetu de las proyecciones políticas y sociales de Bolívar que, tanto se iban materializando en el desenvolvimiento de la campaña libertadora como en las páginas del ideario que erigió, al lado del pueblo, desde el fuego emancipador como herencia para siglos.
Hay plena coincidencia historiográfica en el reconocimiento que se hace al prócer Francisco de Miranda de la primera noticia documental sobre la idea de fundir los intereses de Venezuela y Nueva Granada para formar “un solo cuerpo político y social”. Y es, precisamente, del héroe venezolano, además, de quien se conocen las primeras proclamas e intenciones de unidad continental que más adelante llevaría como bandera de combate y fundamento básico de su Programa Revolucionario ese a quien reconocemos como nuestro padre espiritual: Bolívar.
Cuando Miranda viene a libertar a Venezuela, la construcción de Colombia era su causa y motivo. Sus milicias se lanzan a la gesta con un nombre que refleja sus sueños: “Ejército de Colombia para el servicio del pueblo libre de Sur América”, y el juramento que exclama en Jacmel le imprime vuelo que lo eleva hacia el cielo del ideal de la libertad de aquellas anchuras de tierras y pueblos que se extendían desde el río Mississippi –cuando aún el águila yanqui no había arrebatado Texas y California a México-, hasta el estrecho de Magallanes: “ser fiel y leal al pueblo libre de Sur América, independiente de España, y servirle honrada y lealmente contra todos sus enemigos y opositores”.
El Libertador había tenido un contacto de inicio con el Precursor en Londres, y sin duda tuvo influencias indelebles para cimentar su magnífica empresa. En aquel lugar dejará el registro de sus tempranas miras emancipadoras e integradoras en el Morning Chronicle (edición del 5 de septiembre de 1810): “El día, que no está lejos, en que los venezolanos se convenzan de que su moderación, el deseo que demuestran de sostener sus relaciones pacíficas con la Metrópoli, sus sacrificios pecuniarios, en fin, no les hayan merecido el respeto ni la gratitud a que creen tener derecho, alzarán definitivamente la bandera de la independencia y declararán la guerra a España. Tampoco descuidarán de invitar a todos los pueblos de América a que se unan en confederación. Dichos pueblos, preparados ya para tal proyecto, seguirán presurosos el ejemplo de Caracas”. Se inauguraría una historia ininterrumpida de labores fácticas por la unidad americana.
Esta idea de unidad, latente en la utopía colombiana la retoma Bolívar como acicate de su empresa emancipadora. La libertad de la Nueva Granada vendrá como grava y cemento, como piedra y arena para alzar la obra que se va inaugurando con sangre y clarines, como los de Boyacá. La notable gesta del 7 de agosto de 1819 rubrica la posibilidad de poner la denominación integradora en el concierto de las naciones que nacen para liberar del yugo colonial el territorio de la América Meridional.
Esa idea de Colombia, que además es internacionalismo y solidaridad, formada en la mente de Miranda, se amalgama ahora en la mente y el puño de Bolívar, con arenga, acero y pólvora concretándose en realizaciones, también fortaleciéndose en la idealidad. Desde su retorno de Inglaterra influye para que la naciente República siente “la piedra angular” de la independencia y de la unidad en aquella iniciativa de mayo de 1811, en que Venezuela firma con Cundinamarca un “Tratado de Alianza y Federación”, actuando bajo la inspiración de una pieza normativa que asumían como “la primera Constitución libre y representativa que ha visto el Continente Colombiano” (la Constitución sancionada en Caracas el 21 de diciembre de 1811).
Más tarde, después de la caída de la primera República, hacia noviembre de 1812, es quizás cuando por vez primera Bolívar escribe en alguno de sus textos la palabra cuyo creador habría sido Miranda: Colombia, o Colombeia, remarcada con la característica del nacionalismo hispanoamericano, con el americanismo para la humanidad y, en todo caso de proyección universal. En su “Exposición Dirigida al Congreso de Nueva Granada”, Bolívar, aludiendo a la “independencia colombiana”, manifestará:
“Sí, los más ilustres mártires de la libertad de la América Meridional, tienen colocada su confianza en el ánimo fuerte y liberal de los Granadinos del Nuevo Mundo. Caracas, cuna de la Independencia Colombiana, debe merecer su redención…”
Y no pasará mucho tiempo cuando en su manifiesto de Cartagena dejará consignado un llamado de prevención a los granadinos sobre los peligros que para todo el continente acarreaba la caída de Venezuela y la reactivación de los elementos de la reacción que “derramándose como un torrente, lo inundarán todo arrancando las semillas y hasta las raíces del árbol de la libertad de Colombia”. Este manifiesto lo cerraría observando que marchar a liberar a Venezuela significaba marchar “a libertar la cuna de la independencia colombiana…”. Su pensamiento, en fin, está marcado por la totalidad continental.
Después de la esplendida victoria de la Campaña Admirable que se desenvuelve como materialización de los postulados del Manifiesto de Cartagena (referente más inmediato), conjugando solidaridad e internacionalismo, desde la fuerza vital de los soldados granadinos que le acompañan, Bolívar propone la fusión de Venezuela con Cundinamarca. Habiendo realizado la campaña con los auspicios de la bandera de las Provincia Unidas de la Nueva Granada no penetra con su ejército más allá de Cúcuta para subordinar los territorios y pueblos emancipados sino para restituir la Federación caída en desgracia, e incitar a la integración.
El sentido de sus empeños lo podemos identificar también en los planteamientos que hace en diciembre del mismo año, 1813, a Mariño. De manera meridiana vuelve a plasmar en la tabla de la historia de la independencia lo que encierra en la idea de la creación de Colombia, advirtiendo una vez más sobre los inconvenientes que acarrearía la división de Venezuela, al tiempo que habla de las ventajas de la unidad hispanoamericana: “Si constituimos dos poderes independientes, uno en el Oriente y otro en el Occidente, hacemos dos naciones distintas, que por su importancia en sostener su representación de tales, y mucho más de figurar entre las otras, aparecerán ridículas.
Apenas Venezuela unida con la Nueva Granada podría formar una nación que inspire a las otras la decorosa consideración que le es debida”.
Este tipo de alusiones, de manera cada vez más insistente y con nuevos y sólidos argumentos aparecerán en la vida de aquel que decía que “nuestra voz es la de la América Meridional”:
El Libertador ha tenido claro su planteamiento y lo irá a reiterar aun en momentos en los que en sus manos no tendrá ninguna concreción sino reveses; tal como ocurre en la Carta de Jamaica, 1815, donde desde el exilio lo expone con máxima claridad y proyección futura. En tal pieza maestra de la literatura política se adelanta, con mayor clarividencia, haciendo de historiador del futuro; gravitando en su mente estará la idea que no cesa: Colombia. Lo hace para expresar la reunión de Venezuela y la Nueva Granada, las cuales menciona específicamente hablando de Maracaibo y Las Casas (ciudad imaginaria que se fundaría en Bahía Honda), como capitales posibles: “esta nación se llamaría Colombia”, dice. Pero va más lejos cuando expresa que “Al contemplar la reunión de esta inmensa comarca, mi alma se remonta a la eminencia que exige la perspectiva colosal, que ofrece un cuadro tan asombroso. Volando por entre las próximas edades, mi imaginación se fija en los siglos futuros, y observando desde allí con admiración y pasmo la prosperidad, el esplendor, la vida que ha recibido esta vasta región, me siento arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo…”.
Después de Jamaica, superadas las vicisitudes de la primera expedición que parte desde Haití, nuevamente con los auspicios del bondadoso Petión surgirá la reconstitución de la República. Bolívar instala el Congreso de Angostura, y con su propia iniciativa se dicta la Ley Fundamental de Colombia, que será según sus propias palabras “la garantía de la libertad de la América del Sur”. Con el concepto de Colombia en su corazón y en su conciencia, frente al Orinoco pondría más y más argamasa para edificar su sueño; con un puñado de cosas concretas para su causa al restablecer el intento de República en germen, ordena tropas e instituciones…, un Consejo de Estado, un Congreso…; es decir va fundando casi de la nada y desde sus mismos campamentos guerrilleros el nuevo Estado. Llenar cada vez de más inteligencia la fuerza de la emancipación. Hasta un periódico crea para difundir el pensamiento; el Correo del Orinoco lo bautiza. Y al mismo tiempo construye bases para partir hacia horizontes que desbordaban los límites visualizados por los caudillos locales.
Para 1818 ya los patriotas han acumulado armas y materiales de guerra más o menos suficientes para seguir la brega. La construcción no se puede quedar solo en la teoría, y su práctica requiere del batallar, del fuego: en la época más terrible del año, con el invierno anegando la llanura y por rutas que se tendían abruptas sobre las canas de los Andes, el Ejército Libertador hace su desplazamiento en desarrollo de su “Campaña de la Nueva Granada”. Es una proeza el paso de la cordillera, epopeyas son Gámeza, el Pantano de Vargas y Boyacá. La libertad de la Nueva Granada sellada con pólvora y acero va a dar la fuerza a Bolívar para retornar a Angostura donde el congreso le rendirá honores y aprobará la proposición nacida del combate: crear la “República de Colombia”.
Y como en todo el recorrido del Libertador cada meta es tan sólo un nuevo paso hacia otros horizontes. Desde abril de 1820 Bolívar dispone las fuerzas de Oriente, los Llanos, los Andes y el Zulia hacia las sabanas de Aragua y Valencia; roto el armisticio pactado con Murillo vendrá el desenlace de Carabobo: en el campo de Tinaquillo, en las vísperas Bolívar prevé la victoria manifestando frente a sus tropas: “Mañana seréis invictos en Carabobo”.
Efectivamente, el 24 de junio la victoria en Carabobo deja independiente a Venezuela. El Libertador se regocija con el triunfo, pero en su mente el logro se representa en una dimensión mayor a la de Venezuela; él sabe que se trata de un triunfo para una causa mayor y por ello comunicará al presidente del Congreso General grancolombiano: “hoy se ha confirmado con una espléndida victoria el nacimiento político de la República de Colombia”.
Lo que él fue realizando; pero más aun, lo que él quiso realizar vuelve a encumbrar su figura: "Que no puedas llegar es lo que te hace grande" diría Goethe. La ruina de la Gran Colombia, obra de las aristocracias traidoras del ideario bolivariano nos recalca que en lo aun no cumplido, Bolívar está vigente.