SAETAS DE ODIO

En nuestros corazones no albergamos odio, si los enfrentamos en esta guerra fraticida es porque no nos dejaron opción distinta, por instinto de conservación, y porque es nuestro deber moral defender los sagrados derechos de las mayorías, utilizando si es preciso el justo principio de la rebelión que asiste a los pueblos cuando se encuentran sometidos a tratos indebidos.


“Si de Bolívar la letra con que empieza
Y aquella con que acaba quitamos,
“Oliva” de la paz símbolo, hallamos.
Esto quiere decir que la cabeza
Al tirano y los pies quitar debemos
Si es que una paz durable apetecemos”.

Aberración “poética” abortada por un tal Vargas Tejada(1), conspirador permanente contra el General Bolívar, miembro de la “Junta Revolucionaria Secreta” que en Bogotá se creó para planificar la desaparición física y política del Libertador.


A esta Junta y a otras tertulias “inofensivas” asistían los señores Vicente Azuero, Florentino González, Mariano Ospina, Ezequiel Rojas, el coronel Pedro Carujo, entre otros “prohombres” de nuestra patria, en su mayoría abogados y estudiantes del colegio San Bartolomé a quienes Bolívar no quiso entregar la república(2).


Así escribían y hablaban estos señores, sus plumas manaban sangre y sus palabras eran saetas envenenadas por el odio que profesaban contra el Genio de América, al que hacían referencia con todo tipo de epítetos: monstruo abortado por Venezuela, genio infernal, hijo de las tinieblas, tirano, loco de Colombia, neroncillo, longanizo(3), eran algunos de los términos empleados por estos señores “que a él todo lo debían, que todo lo habían recibido de su generosidad”(4).


Pero no se limitaron a los epítetos descalificantes, utilizaron además la calumnia y la humillación para someter al escarnio a quien consideraban su rival: en Caracas decretaron ilegítimas sus propiedades ya que no había ley para un hombre como él(5), y al gobernador de Honda le ordenaron restituir el auxilio que le había proporcionado en su paso por esta localidad.


Así, a punta de maledicencias, calumnias, humillaciones y tratos desobligantes, enfrentaron al hombre más grande de América, porque estas también son armas del santanderismo, armas desarrolladas hasta la perfección, empleadas desde entonces contra el Libertador.   


Pero la conspiración no cesó con su muerte, y como la conspiración continúa, así mismo continúa el empleo de estas armas contra sus hijos y herederos de su legado, porque aún hoy prosigue el trato burdo y vulgar hacia quienes desde su rectitud moral se oponen a la perfidia de esas almas innobles.


Carecen de la altura que debe adornar a todo buen militar, ni siquiera reconocen al enemigo que enfrentan día a día desde hace décadas, y el decoro que se profesa en toda confrontación es también ajeno al espíritu abyecto de estas castas.


Afortunadamente somos continuadores de la obra bolivariana y heredamos su decoro y las buenas maneras que elevaron a los oficiales del Ejército Libertador. Hacia nuestros enemigos profesamos un profundo respeto y reconocemos en su tropa el valor que demuestran en cada batalla.


En nuestros corazones no albergamos odio, si los enfrentamos en esta guerra fraticida es porque no nos dejaron opción distinta, por instinto de conservación, y porque es nuestro deber moral defender los sagrados derechos de las mayorías, utilizando si es preciso el justo principio de la rebelión que asiste a los pueblos cuando se encuentran sometidos a tratos indebidos.


“Son mas ignorantes que malos” nos enseñó Bolívar, la ignorancia es atrevida y terca, de ahí que estos señores insistan en una confrontación sin que los asista razón alguna; por eso vemos con cierto pesar que sean coterráneos nuestros los títeres de intereses foráneos cuya pretensión irracional es detener el paso de la historia, el progreso natural de la humanidad: es su necedad la que les hace considerar la absurda  posibilidad de obstruir el curso del Magdalena con tablillas de triplex.


Pero “Las gangrenas políticas no se curan con paliativos”(6): aunque nos entristecen sus posiciones reaccionarias, aunque apesadumbrados veamos su lamentable papel, empeñamos todo nuestro valor, nuestro ingenio y nuestra fuerza en esta lucha por la libertad material y espiritual de Colombia; sin embargo, insistimos también en el diálogo fraterno y sincero, para, por medio de la persuasión, abrirles el espíritu hacia lo grande y hacerles notar la necesidad urgente de restablecer de una vez el espíritu bolivariano, sepultando para siempre los antivalores santanderistas que no son nuestros, que son ajenos a esa hermosa utopía de honor y gloria llamada COLOMBIA.

JAIME SUCRE
G.E.R “Manuelita Sáenz”
M.B. Por la Nueva Colombia
Barriadas Populares


1.    Luis Vargas Tejada: Copartícipe del atentado liberticida de la noche del 25 de septiembre de 1828. Aunque  fue uno de los que ingresó a la casa del Libertador, pudo escapar junto a otros conspiradores. Huyó hacia los llanos del Casanare donde murió ahogado atravesando un río.
2.    “¿Por qué piensa usted, mi querido coronel, que estoy aquí?” Tan extraña pregunta me sorprendió (…) pero tímidamente (…) le contesté: “la fatalidad mi general”. – “¡Que fatalidad! ¡No!”–  replicó (Bolívar) con vehemencia, “yo estoy aquí porque no quise entregar la república al colegio de San Bartolomé” (…) (Honda, 1830).
POSADA, GUTIERREZ, Joaquín. Memorias histórico-políticas. Segunda edición. Tomo II, pág. 91. Bogotá 1929.
3.    Longanizo: remoquete de un loco callejero de Bogotá, quien solía vagabundear por  ahí, disfrazado de militar. 
4.    “Por momentos estoy aguardando la fatal noticia (…)lleno de agitación(…)lloro ya la muerte del Padre de la Patria, del infeliz y grande Bolívar, matado por la perversidad y por la ingratitud de los que a él todo lo debían, que todo lo habían recibido de su generosidad”.
DE LACROIX, L. Perú. Carta  a Manuela Sáenz. Cartagena, 16 de diciembre de 1830.
5.    “Estoy bastante molesto con otra ocurrencia domestica de Venezuela. Me dicen que mis propiedades no son legítimas y que no hay ley para un hombre como yo. Esto quiere decir que soy un canalla. Se me despoja de la herencia de mis abuelos y se me deshonra”.
BOLIVAR, Simón. Al general Rafael Urdaneta. Popayán, 6 de diciembre de 1829.
6.     BOLIVAR, Simón. A José María Castillo. Bucaramanga, 11 de abril de 1828.

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