Democracia o retórica mediática

¿Cuál es el poder soberano de las mayorías en Colombia que nos dé la certeza que estamos en una democracia? A caso cuando estas han pretendido actuar consecuentes en política no han sido recibidas aplomo, vetadas, enjuiciadas, perseguidas, escuchadas ilegalmente o atropelladas con otras formas de violencia cuando se han decidido a recabar sus derechos?


¿Cuál es el poder soberano de las mayorías en Colombia que nos dé la certeza que estamos en una democracia? A caso cuando estas han pretendido actuar consecuentes en política no han sido recibidas aplomo, vetadas, enjuiciadas, perseguidas, escuchadas ilegalmente o atropelladas con otras formas de violencia cuando se han decidido a recabar sus derechos? ¿En una democracia los campos universitarios se convierten al mismo tiempo en instalaciones policiales y los cuarteles en centros de tortura y confabulaciones criminales?

¿O no es verdad que solamente toleran expresiones pusilánimes que se marcan en la oposición que, finalmente, los seducen iniciativas como las de la unidad nacional, encantados por el presidente Santos ante la oferta de ministerios u otras cuotas de menor cuantía?

¿Se puede llamar buen gobierno o democrática una institucionalidad que trasfiere el bien público a las corporaciones privadas siguiendo las recetas neoliberales o bajo el influjo de la ambición que ya ha hecho bastantes escándalos de corrupción? Están podridas hasta los tuétanos, sus extensiones conducen a las mafias del narcotráfico y el paramilitarismo, su innegable maquinaria de terror con la que ejercen gran parte del dominio social, político y económico.

¿Existe democracia en un país donde se penaliza y criminaliza a los irredentos mientras alcahueta los delitos de los poderosos, que lanza a los despojados de la tierra como presa de guerra cuando intentan recuperarlas, y al mismo tiempo, hace concesiones de millones de hectáreas a inversores nacionales y multinacionales junto a otros beneficios en el marco de la confianza inversionista? ¿Que hizo de la educación, de la salud, de la vivienda y otros servicios básicos negocios altamente lucrativos; así como el trabajo una escalvizante manera de acumular capital; y de los medios de comunicación, altoparlantes de la economía global?

¿Dónde está el contenido democrático del sistema electoral, de un gobierno y un parlamento de mayorías elegido a fuerza de trampas y terror paramilitar, de los mecanismos de control público, de la regla fiscal, de las normas tributarias, de las regalías, del Plan Nacional de Desarrollo, de la guerra -como doctrina de Estado- y de otras políticas económicas, sociales, ambientales?

Sin que fuera la panacea, la Constitución del 91 la volvieron rémoras de retazos, que ampara la corrupción y el lucro de grandes inversores de capital igual que las imposiciones de la economía global que hace crisis hasta en sus propias entrañas. Este sistema político espurio, que llaman democracia, ha polarizado al país con grandes diferencias de proporción en cuanto a los índices de ingresos de los dueños de la gran propiedad y el ingreso per cápita de las mayorías más los cerca de ocho millones de indigentes que solo reciben maltratos; así como al papel del Estado frente a las mayorías sociales, al poder económico y la repulsiva e infecta clase política. Estas asimetrías son las que atizan la hoguera del conflicto interno aun cuando lo nieguen una y mil veces.

El gobierno de Juan Manuel Santos, el paladín de esta democracia vergonzante, no considera otra posibilidad que la rendición de la insurgencia, o la continuación de la guerra como su condición dizque para hallar la paz, mientras hace de la represión la respuesta a las justas demandas de los colombianos. Nos invita a formar parte de un sistema que se descompone desde adentro, que abarca nuevos espacios y profundiza las referidas contradicciones que deben ser resueltas, ante todo, contando con la participación directa de las mayorías de este país como evidente prueba de realismo político, tolerancia y verdadero ejercicio democrático. Ah, pero se resisten a permitir que nuevas iniciativas florezcan para darnos la Colombia que merecemos.

En una democracia como la actual, soportada en todos sus vericuetos por la guerra sucia elevada realmente a precepto institucional, igual que la corrupción, parece no caber posibilidad de abrir caminos reales de paz y justicia social. Ni la propaganda discursiva de un gobernante llena los estómagos hambrientos, ni la guerra jamás ha sido superior a la voluntad de los pueblos. Bienvenidas todas las formas de resistencia, la paz es un derecho que haremos cumplir, escucharán el grito heroico de los indignados y ya verán a la juventud romper los viejos paradigmas y asumiendo los nuevos que les ofrece un mundo que desea abrirse paso a nuevos tiempos.

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