LA ESTRATEGIA DE LA MENTIRA

Por Gabriel Angel

14 Abril 2009

La verdad se oculta de manera deliberada, mientras se concede todo el despliegue

El asunto de los restos del Comandante Raúl Reyes evidencia una vez más la catadura del régimen uribista, especializado en mentir abiertamente y en camuflar sus asertos tras un montón de papeles. El cuerpo jamás fue entregado, pero exhiben documentos firmados. Ahora, toneladas de prensa aseguran que las FARC exigimos un canje de cadáveres. Eso no dice la carta a Colombianas y Colombianos por la paz. Pero ¿quién es capaz de desmontar la mentira mil veces repetida?

 

La Corte Suprema de Justicia negó la extradición de Gafas, con el argumento de que el presunto delito de secuestro de los tres norteamericanos se había ejecutado por completo en Colombia, razón por el cual no resultaba procedente la solicitud. Simón Trinidad, quien fue judicialmente absuelto por los cargos de terrorismo y narcotráfico en las cortes estadounidenses, terminó forzadamente condenado por una supuesta conspiración para secuestrar los mismos tres norteamericanos. Su condena pone de presente que se le juzgó, allá, por un ilícito que no admitía extradición, es decir que fueron violadas las leyes colombianas y los tratados internacionales sobre la materia. ¿Habrá quién se atreva a contrariar la maraña de papeles y trámites que ocultan la verdad?

 

Es el mismo modus operandi con el cual se pretende sacar adelante la reforma constitucional que permita la segunda reelección. Para no hablar de la primera. Montañas de hojas firmadas quizás cómo por cinco millones de ciudadanos, intentan disimular la suma de podredumbre y falsedades que se esconde tras la juiciosa tarea encabezada por el senador Giraldo.

 

El Presidente colombiano aprovecha el cubrimiento mediático que confiere la participación en cualquier encuentro oficial de carácter internacional, para segregar su envenenada bilis contra las FARC y el movimiento popular en Colombia, a los cuales identifica sin distinción alguna cuando de atacarlos se trata. Y para tejer hábilmente su malintencionada farsa.

 

Afirma por ejemplo en Panamá, que la diplomacia de las FARC ha demostrado ser mucho más efectiva que la del gobierno colombiano. Y vuelve a apuntar baterías contra anteriores administraciones, a las que acusa de no haber combatido la insurgencia con suficiente energía. Otra vez busca mostrarse como el redentor que vino al mundo a librarlo de las garras del pecado mortal que lo conducía al infierno. Demasiadas falsedades juntas como para pasarlas por alto, pese a los editoriales de la gran prensa que arrojan sahumerios a sus palabras.

 

Es obvio que el Presidente Uribe, quien está por completo libre de sospechas de reconocer el más mínimo de los méritos a las FARC, está muy lejos de considerar que el desaparecido Raúl Reyes o su sucesor Iván Márquez, o cualquiera de los integrantes de la Comisión Internacional de las FARC, han sido más capaces y prácticos que sus ministras y ministros de relaciones exteriores, sus embajadores y cónsules. Sólo una mente ingenua o confundida podría entender así sus palabras, objetivo al que apuntan sin embargo los grandes medios.

 

Lo que en realidad está afirmando el Presidente, es que los partidos políticos de oposición, las colombianas y colombianos que luchan por la paz, las organizaciones de derechos humanos, las asociaciones de víctimas de los crímenes del Estado, las organizaciones no gubernamentales, la prensa independiente y todas esas personas que tienen el coraje de levantar la voz para denunciar ante el mundo los crímenes de la seguridad democrática, pertenecen a las FARC y en consecuencia no pueden recibir otro trato que el de terroristas.

 

Si el Presidente Uribe fuera consecuente con tal posición, se vería obligado a reconocer que existe un respaldo masivo de millones de colombianos a la lucha de las FARC. Pero no lo hará. A él sólo le importa aquello que contribuya a apuntalar su proyecto fascista de unanimidad total. Igual sentido tiene su ataque a los gobiernos que según él no combatieron las FARC.

 

No es que el Presidente Uribe pretenda hacer creer que es el único que se ha amarrado los pantalones. Según su peculiar concepción, por supuesto. Los colombianos, el pueblo perseguido de este país, tiene suficiente memoria como para no olvidar la brutal represión sufrida sólo en los últimos 25 años, sin necesidad de extendernos más allá en el pasado.

 

Durante los gobiernos liberales de Virgilio Barco y César Gaviria se produjo el exterminio a sangre y fuego de la Unión Patriótica. Gaviria bombardeó y asaltó a traición el campamento del Secretariado Nacional de las FARC en Casa Verde, y puso en marcha la guerra integral, con la creación de las Brigadas Móviles y el uso intensivo de helicópteros y aviones de combate. Ningún gobierno como el de Ernesto Samper en el respaldo a la actividad predadora de las fuerzas militares, que en alianza con los grupos paramilitares inundaron de sangre el país. Fue Andrés Pastrana el encargado de pactar y suscribir el Plan Colombia que abrió de par en par las puertas a la intervención norteamericana en el conflicto. Y el que sepultó el proceso de paz del Caguán con la más grande ofensiva que hasta entonces registrara la historia de Colombia.

 

Lo que en realidad quiere decir el Presidente, es que en la Colombia de sus amores no caben, ni podrán figurar, aquellos que se inclinen por un intercambio humanitario o una salida política al conflicto. Ninguno de ellos estará libre del cargo de trabajar para las FARC. Su labor mesiánica sólo garantiza el cielo a los más perversos fanáticos de la guerra fratricida. Con el eco de la gran prensa reaccionaria, más de la mitad de los colombianos se encuentran entonces en la mira del enviado de Dios. La verdad se oculta de manera deliberada, mientras se concede todo el despliegue a las más absurdas truculencias.

 

Pobre Uribe. La guerra que durante 45 años han librado 11 gobiernos con sus despiadados generales y jefes paramilitares, jamás ha podido aplastar al movimiento popular. Y en cambio, históricamente, ha reproducido y agigantado cada vez más la lucha armada revolucionaria. Eso es claro. Y permítanme contarles algo, nada pueden los temibles aviones bombarderos del ministro Santos, contra una humilde trinchera abierta con una sencilla pala en el suelo de la montaña. Eso lo aprendieron las FARC de Manuel Marulanda Vélez. Ese humilde campesino colombiano que sí supo de verdad llevar con dignidad los pantalones.

 

 

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